Cómo crear tests con IA
Hacer tests es, junto con los esquemas, lo que más rendimiento da por hora invertida. El problema de siempre: los tests buenos son finitos. Te acabas los del preparador, los de la academia, los de las últimas convocatorias, y llega un momento en que te sabes las respuestas de memoria sin haber entendido nada. Estás reconociendo preguntas, no dominando temario.
La IA resuelve ese cuello de botella. Puedes generar preguntas nuevas sobre cualquier tema, tantas como quieras, ajustadas a tu nivel. Pero hay una trampa importante, y conviene decirla antes que nada.
La advertencia que va primero
Los modelos de lenguaje se inventan cosas. Con una confianza absoluta, además. Si le pides a una IA preguntas sobre el artículo 103 de la Constitución, es muy probable que acierte. Si le pides preguntas sobre el artículo 47.3.c de un reglamento autonómico de 2019, hay una posibilidad real de que te devuelva un artículo que no existe, con un contenido plausible y falso.
Y aquí está el peligro: una respuesta incorrecta memorizada como correcta es peor que no haber estudiado. Has invertido tiempo en aprender algo que te va a restar puntos.
Por eso la regla de oro de todo lo que viene a continuación:
Nunca dejes que la IA sea la fuente. Que sea el motor.
Es decir: tú le das el texto legal, ella genera las preguntas. Nunca al revés.
El método que sí funciona: pegar la fuente
Este es el flujo básico y el que deberías usar el 90% de las veces.
Copia el texto normativo real —el artículo, el capítulo, tu esquema del tema— y pégalo en el prompt. Luego pide las preguntas sobre ese texto. Algo así:
Te paso el texto de los artículos 1 a 9 de la Ley 39/2015. Genera 15 preguntas tipo test de cuatro opciones basadas exclusivamente en este texto. No uses conocimiento externo. Si algo no está en el texto, no preguntes sobre ello. Al final, dame las respuestas con el fragmento literal que la justifica.
[pegas aquí el texto]
Tres cosas hacen que este prompt funcione:
- “Exclusivamente en este texto” reduce muchísimo la invención.
- “Respuestas al final” evita que veas la solución mientras lees la pregunta.
- “El fragmento que la justifica” es lo más importante. Si la IA tiene que citar de dónde sale la respuesta, tú puedes verificarla en dos segundos. Y si se ha inventado el fragmento, lo detectas de inmediato.
Ese último punto convierte la verificación de una tarea tediosa en algo casi automático.
Afinar el nivel de dificultad
Las preguntas por defecto suelen ser demasiado fáciles: preguntan definiciones, y las opciones incorrectas son obviamente incorrectas. Los exámenes reales no son así. Pídelo explícitamente:
Las tres opciones incorrectas deben ser plausibles: cambia plazos por otros plazos reales de la misma norma, intercambia competencias entre órganos, altera un “podrá” por un “deberá”. Nada de opciones absurdas.
También puedes pedir tipologías concretas: preguntas de plazos, de órganos competentes, de excepciones a la regla general, de “señale la incorrecta”. Esta última es especialmente útil porque obliga a dominar las cuatro opciones, no a reconocer una.
Y una petición que da mucho rendimiento:
Céntrate en los puntos donde un opositor suele confundirse: plazos parecidos, competencias solapadas, excepciones a la regla general.
Convertir tus fallos en material
Aquí es donde la IA aporta algo que un banco de preguntas cerrado no puede. Cuando fallas una pregunta, no pasas a la siguiente: pides más sobre ese punto exacto.
He fallado esta pregunta [la pegas]. Explícame por qué la correcta es la B y por qué me pudo atraer la C. Después, genera 5 preguntas más sobre ese mismo concepto desde ángulos distintos.
Estás construyendo un test personalizado sobre tus agujeros concretos. Ninguna academia hace eso por ti.
Un uso relacionado y muy potente: pídele que te explique la diferencia entre dos conceptos que confundes. “Explícame la diferencia entre nulidad y anulabilidad como si tuviera que distinguirlas en un test, con los errores típicos”. Luego pide las preguntas.
Otros usos que merecen la pena
Tests desde tus propios esquemas. Pega tu esquema del tema 12 y pide preguntas sobre él. Doble beneficio: practicas y descubres si tu esquema tiene huecos. Si la IA no puede generar preguntas sobre un apartado, es que tu esquema no dice nada de ese apartado.
Simulacros cronometrados. Pide 50 preguntas de golpe, en un solo bloque, sin respuestas hasta el final. Ponte el cronómetro. Es un simulacro decente por cero euros.
Explicaciones de lo que no entiendes. No todo son tests. Cuando un concepto no te entra, pedir tres explicaciones distintas —una técnica, una con analogía, una con ejemplo práctico— suele desbloquear.
Reformular preguntas oficiales. Coge preguntas reales de convocatorias anteriores y pide variantes: mismo concepto, distinta redacción, distintas opciones. Así dejas de reconocer y empiezas a razonar.
Lo que no debes hacer
No preguntes “¿qué dice el artículo X?” para luego estudiar la respuesta. Consulta el BOE. Es gratis y es la fuente.
No le pidas datos de tu convocatoria. Plazos, número de plazas, requisitos, fechas. La IA no lo sabe con fiabilidad y te va a contestar igualmente. Esa información sale de la convocatoria oficial y de ningún otro sitio.
No memorices nada sin verificar. Si una respuesta te sorprende, verifícala antes de aprenderla. La sorpresa suele ser señal de error, tuyo o de la máquina.
No sustituyas el estudio por la conversación. Charlar con una IA sobre un tema genera una sensación muy convincente de estar aprendiendo. Es cómodo, es fluido, y es mucho menos efectivo que recuperar información de tu memoria sin ayuda. La IA debe hacerte preguntas, no darte respuestas cómodas.
En resumen
La IA no es un temario ni un preparador. Es una máquina de generar práctica ilimitada sobre el material que tú le des, y de convertir cada fallo en tres preguntas nuevas.
Usada así —fuente tuya, motor suyo, verificación siempre— es probablemente la mejor herramienta que ha llegado al mundo de las oposiciones en décadas. Usada al revés, es una forma muy eficiente de memorizar cosas falsas.
La diferencia entre las dos cosas está en un solo hábito: pedir siempre la cita, y comprobarla.